viernes, 19 de diciembre de 2008

Pulpo á feira



Seidou me mira sonriente mientras salgo del mar. No puedo ver un burro a cuatro pasos sin mis gafas, pero sé que sonríe. Me tumbo a su lado y me pongo las gafas para descubrir qué eran unos bultos azulados que se movían a la derecha. “Vaya, estos tíos hasta van a la playa de bubú” “Son unos beduinos ignorantes…. y pensar que gente así es la que nos gobierna…” Seidou, hijo de jefes, odia a los moros con el mismo resentimiento que cualquier pewl que viva en Mauritania. Además de ser enemigos ancestrales, el deseo de revancha por los muertos causados por el gobierno militar moro en el 89, “los sucesos”, como es oficial y popularmente designado, hace que todo pewl saque el alma guerrera al hablar del asunto.

“Vamos a buscar algo para la cena?”. El puerto y mercado de pesca es obra de la cooperación japonesa y, con sus líneas puras de arquitectura zen en África, supone uno de los atractivos más evidente de la ciudad, por cierto bastante carente de ellos. Cientos de enormes piraguas de madera, pintadas con variados colores y dibujos, entran y salen constantemente de la arena de la playa, donde están varadas, al mar, con sólo la fuerza muscular de sus tripulantes, que no es poca. La multitud que se aglomera con aire despistado, los pick ups fabricados antes de que se inventara la palabra, las carretas de burros, los vendedores de fritangas, plátanos, anzuelos y relojes, y el suelo cubierto al alimón de sardinas podridas, surtidos de tripas de peces y cagadas de burro, le dan un aspecto de natural confusión. Un puerto en África sólo puede ser de esta manera, acaba uno por pensar.

Las corvinas eran demasiado grandes, los chof muy caros y el resto no aparentaba mucha frescura. “Qué te parece este pulpo?”. “Nunca lo he comido” responde, y su sonrisa me pregunta si yo como de eso? Lo preparo á feira (a la gallega, que le llaman). Con su pimentón dulce y su pimentón picante y el laurel y el aceite de oliva. La sonrisa no le abandona y se convierte en espléndida media luna cuando me ve hacer la fiesta de sumergir el pulpo tres veces en el agua en ebullición.

Una cosa es preparar pulpo por primera vez en mi vida, y otra es hacerlo para alguien que empareja langostinos con cucarachas en el saco de animales repulsivos. Al menos, no lo considera haram… Sirvo cocacola. En mi casa no entra el té, que ya me tiene frito. El primer y segundo trozos son engullidos, evitando todo contacto con lengua ni dientes; el tercero recibe los honores de unos segundos de masticación; para el cuarto se atreve con una inquietante punta de tentáculo. Los dos reímos. “¡Es lo más delicioso que he comido en mi vida !”. “Me tienes que enseñar a hacerlo; ¡mis hermanas y mi novia lo van a adorar!”. Sonrío adulado: “Ma’andak mushkila”. Pues no es poco optimista este tío …

Nota: foto de http://tahonamoderna.blogspot.com/2010/10/pulpo-feira.html

viernes, 17 de octubre de 2008

El Hakem de Magta-Lahjar




Radhy, Hammad, Diallo, Fathou, Bilal, Mariam, François y yo junto con mantas, esterillas, material de té, las respectivas maletas y bolsas de viaje. Todos metidos en un Toyota Landcruiser por una carretera rectilínea que invita al conductor a romper récords de velocidad. Delante, van Hammad y Radhy; atrás, tumbados como podemos, con las piernas atravesadas de un lado a otro del coche, el resto. A Francois y a mí, como representantes de organismos extranjeros (y financiadores), se nos ofreció ir delante. François declinó por cortesía; yo, por imitarle y porque me hacía más ilusión ir tumbado en la parte de atrás de un todoterreno intercambiando miradas y sonrisas con Fathou, que me había echado el ojo, que al lado de Hammad, el conductor, que tenía una cara de cabra que no se podía con ella.

La idea era ir hasta Maghta-Lahjar, contactar al Hakem (algo así como un gobernador civil plenipotenciario) y que nos ayudase a reconstituir una asociación en el pueblo. Además, es preciso informarle de nuestros movimientos, ya que es el responsable por garantizar nuestra seguridad en su demarcación. Vamos, que los extranjeros no pueden andar alegremente por el país sin que lo sepa el Hakem (y la policía, y la gendarmería y el ejército) de turno.

Se programó la salida a las 8:00 am. A las 8:00 estábamos François, el coche y el conductor y yo. “Los otros han dicho que pasemos a por ellos”. Hora y media más tarde, todos metidos en el coche, Radhy se da cuenta que no tiene esterilla. “Es sólo un momento”. Paramos en la tienda de un conocido suyo. 10 minutos de regateo. Nos ponemos en marcha. “Llevas los depósitos llenos ?” Nos dirigimos a una gasolinera. “No, ésta de aquí no, vamos a la de la Rotonda de Madrid”. Sobre las 12 y cuarto salimos de Nouakchott.

A las 8:00 pm llegamos a Maghta-Lahjar. No son horas de ver un hakem. Nos vamos al patio de la casa de alguien que alguien conoce. Dormimos al raso. Tiempo después supe por Radhy que esa noche folló con Mariam, voluntaria de la organización y amante de Diallo, al lado del coche. Yo ni me di cuenta.

Por la mañana Radhy va a ver si el Hakem ha llegado a su despacho. Todavía no. Me voy a dar un paseo con Francois. Llegamos a una inmensa charca. Unos niños moros están al lado jugando. Ambos sonreímos. “Les voy a hacer una foto”. “Es mejor pedirles permiso primero”. Se lo pido con otra gran sonrisa. La idea no les hace excesiva gracia: comienzan a increparme y alguno coge una piedra. Esto de ser nasrani (cristiano en hassaniya, occidental por extensión) tiene sus complicaciones …

Por la tarde el Hakem sigue sin llegar. Me voy a dar un paseo por la parte este del pueblo, donde no hay laguna ni niños. Las dunas se extienden a mi frente. Comienzo a caminar sin ver una sola huella en la arena. Subo la primera duna y otra mayor se alza a unas decenas de metros. Voy hacia ella esperando alcanzar una mejor visión del paisaje y saber hasta dónde alcanza esta extensión de arena. Tras aquélla duna apareció otra, y luego otra, que me fueron llamando sucesivamente, invitándome a subirlas para luego seguir avanzando. No sentía calor ni sed, sólo una inmensa curiosidad. Una extensión llana aparece; pese a ser de arena, ésta no es amarilla, ni naranja, ni roja, como las de las dunas, sino verde, casi fangosa, aunque parece estar seca. En ella se puede ver algún árbol seco, de donde otean cuervos blancos. A lo lejos, un rebaño de camellos. Lo primero en que pienso es en saber cómo será el límite de esa llanura, qué habrá detrás de las dunas del fondo. Después de fumar un cigarrillo, comienzo a descender hasta ella. “Dónde se ha metido?” Radhy, Fathou y François me han venido a buscar. “Sabe cuánto ha andado? Es una suerte que sus huellas estuviesen claras” “Sólo estuve dando un paseo”. François se sienta y observa fijamente las dunas del final de la llanura. Realmente es cierto que el desierto arrastra a la gente.

A la mañana siguiente nos dicen que el Hakem tampoco ha venido. Recogemos nuestras cosas y nos vamos para nuestro siguiente destino. El Hakem tendrá que enterarse de nuestra llegada por otras vías. Es una pena que a estos sitios el teléfono no haya llegado todavía. Uno se ahorraría muchas esperas inútiles.

Nota:  foto de  http://www.travel-pic.net/photos/africa/mauritania/index.php?fn=duna1el Hakem de Magta-Lahjar

jueves, 10 de julio de 2008

Cheï


Cheï es la adaptación francesa a la grafía latina de una palabra que en árabe se pronuncia más o menos como shei. Su traducción al español vendría ser el vocablo “té”, aunque no es muy correcta. Lo que nosotros conocemos como té, esos trocitos de hojas secas que vienen de Ceilán, la India o China que se toman en infusión y que suelen venir preparadas bien en unas bolsitas hechas de un material que recuerda al papel o en unas cajitas de cartón o lata y que tienen pinta de ser de mayor calidad que las primeras (y más caras), en Mauritania se les denomina “lipton” y no tiene mucho que ver con el cheï. Este son unas hojitas secas que vienen en unas cajas de madera en las que está escrito en gruesos trazos negros “China Green Tea” y debajo “1 KG” y una serie de números que informan de la calidad de dichas hojitas. 

Para prepararlo se introducen junto con agua en un recipiente con forma de pequeña tetera, normalmente metálica y con un esmaltado azul, que se coloca sobre un camping-gas o sobre unas brasas y se deja hervir. Una vez que ha hervido se le aparta del fuego y se le añaden unas hojas de menta fresca y azúcar y se deja reposar. Se llena un pequeño vaso de cristal con el líquido y luego éste se vuelve a verter en la tetera; esta operación se repite varias veces, así se consigue que el azúcar se disuelva. Se hace una primera prueba y se corrige el azúcar de ser necesario. Luego es servido en unos vasos de cristal idénticos que el anterior situados sobre una bandeja metálica redonda elevada sobre tres patitas. Si las circunstancias y las capacidades de quien realiza la operación lo permiten, el líquido es escanciado en los vasitos y devuelto sucesivamente a la tetera; así se obtiene que en el fondo de los vasos se forme una espuma; si ésta es consistente y alcanza la mitad de la altura del vaso, se considera que esta parte de la operación se ha realizado correctamente. Como dije hace un momento, la falta de esta espuma es excusable bajo ciertas circunstancias, por ejemplo, si la actividad se realiza dentro de un vehículo en marcha. 

Rara vez se sirve llenando más allá del segundo tercio de capacidad del vasito. Lo normal es que el número de vasos sea inferior al número de personas que lo van a tomar. Poco importa. Se realiza una distribución equitativa comenzando por aquéllas a las que se quiere honrar socialmente y finaliza en la persona que lo ha preparado. Los que todavía no han tomado su parte, esperan pacientemente que aquéllos a los que se ha servido primero devuelvan el vaso, para que éste vuelva a ser llenado. Si alguno no desea tomar dicho líquido resulta de buena educación decirlo antes de que comience la operación, para que se puedan calcular bien las dosis. Antes de entregar los vasos, el que efectúa la operación seca el culo de los mismos con un trapo o, de haberla, sobre la alfombra en la que se encuentra sentado, si ésta no está en buenas condiciones. Esta operación se repite dos veces más, cambiando las hojas de menta de cada vez y añadiendo azúcar, pero utilizando las mismas hojitas. Frecuentemente entre las tres tomas se lava con un poco de agua y el frote de la mano el exterior de los vasitos. 

La primera vez que fui partícipe de esta operación fue en el despacho de RXXXX y le dije que en un libro llamado “Estudios Saharianos” se cuenta que las tres tomas del té simbolizan el primero la vida, fuerte como la vida; el segundo, el amor, dulce como el amor; y el tercero, la muerte, suave como la muerte.

“Eso es un gilipollez” contestó. “Se toman tres tés porque así podemos pasar más tiempo charlando y haciendo el imbécil en vez de trabajar, que es lo que tendríamos que hacer. En cuanto a lo del gusto del té, eso es porque no lo cambiamos, y no lo hacemos para ahorrárnoslo. Así, con un poco de té se pasa un buen momento.” “En todo caso” dije “me choca esto de tomar tan poca cantidad y repartida en tres tomas. No es suficiente para apreciarlo en cada vez. En Europa se preferiría juntar las tres tomas en una y así lo bebes y te quedas más a gusto”. “Quizás, pero así dura más”.

Nota: cuando este texto fue escrito, yo ni sabía que existiesen las cámaras digitales. La foto no es mía, si no que la encontré en http://zebrafish.info/index.php/Latest/Tea-in-the-Sahara-photo-published.html y además, el tipo que prepara el te es un targui, y no un moro (no hay mas que verle la aquilina nariz ...)