viernes, 17 de octubre de 2008

El Hakem de Magta-Lahjar




Radhy, Hammad, Diallo, Fathou, Bilal, Mariam, François y yo junto con mantas, esterillas, material de té, las respectivas maletas y bolsas de viaje. Todos metidos en un Toyota Landcruiser por una carretera rectilínea que invita al conductor a romper récords de velocidad. Delante, van Hammad y Radhy; atrás, tumbados como podemos, con las piernas atravesadas de un lado a otro del coche, el resto. A Francois y a mí, como representantes de organismos extranjeros (y financiadores), se nos ofreció ir delante. François declinó por cortesía; yo, por imitarle y porque me hacía más ilusión ir tumbado en la parte de atrás de un todoterreno intercambiando miradas y sonrisas con Fathou, que me había echado el ojo, que al lado de Hammad, el conductor, que tenía una cara de cabra que no se podía con ella.

La idea era ir hasta Maghta-Lahjar, contactar al Hakem (algo así como un gobernador civil plenipotenciario) y que nos ayudase a reconstituir una asociación en el pueblo. Además, es preciso informarle de nuestros movimientos, ya que es el responsable por garantizar nuestra seguridad en su demarcación. Vamos, que los extranjeros no pueden andar alegremente por el país sin que lo sepa el Hakem (y la policía, y la gendarmería y el ejército) de turno.

Se programó la salida a las 8:00 am. A las 8:00 estábamos François, el coche y el conductor y yo. “Los otros han dicho que pasemos a por ellos”. Hora y media más tarde, todos metidos en el coche, Radhy se da cuenta que no tiene esterilla. “Es sólo un momento”. Paramos en la tienda de un conocido suyo. 10 minutos de regateo. Nos ponemos en marcha. “Llevas los depósitos llenos ?” Nos dirigimos a una gasolinera. “No, ésta de aquí no, vamos a la de la Rotonda de Madrid”. Sobre las 12 y cuarto salimos de Nouakchott.

A las 8:00 pm llegamos a Maghta-Lahjar. No son horas de ver un hakem. Nos vamos al patio de la casa de alguien que alguien conoce. Dormimos al raso. Tiempo después supe por Radhy que esa noche folló con Mariam, voluntaria de la organización y amante de Diallo, al lado del coche. Yo ni me di cuenta.

Por la mañana Radhy va a ver si el Hakem ha llegado a su despacho. Todavía no. Me voy a dar un paseo con Francois. Llegamos a una inmensa charca. Unos niños moros están al lado jugando. Ambos sonreímos. “Les voy a hacer una foto”. “Es mejor pedirles permiso primero”. Se lo pido con otra gran sonrisa. La idea no les hace excesiva gracia: comienzan a increparme y alguno coge una piedra. Esto de ser nasrani (cristiano en hassaniya, occidental por extensión) tiene sus complicaciones …

Por la tarde el Hakem sigue sin llegar. Me voy a dar un paseo por la parte este del pueblo, donde no hay laguna ni niños. Las dunas se extienden a mi frente. Comienzo a caminar sin ver una sola huella en la arena. Subo la primera duna y otra mayor se alza a unas decenas de metros. Voy hacia ella esperando alcanzar una mejor visión del paisaje y saber hasta dónde alcanza esta extensión de arena. Tras aquélla duna apareció otra, y luego otra, que me fueron llamando sucesivamente, invitándome a subirlas para luego seguir avanzando. No sentía calor ni sed, sólo una inmensa curiosidad. Una extensión llana aparece; pese a ser de arena, ésta no es amarilla, ni naranja, ni roja, como las de las dunas, sino verde, casi fangosa, aunque parece estar seca. En ella se puede ver algún árbol seco, de donde otean cuervos blancos. A lo lejos, un rebaño de camellos. Lo primero en que pienso es en saber cómo será el límite de esa llanura, qué habrá detrás de las dunas del fondo. Después de fumar un cigarrillo, comienzo a descender hasta ella. “Dónde se ha metido?” Radhy, Fathou y François me han venido a buscar. “Sabe cuánto ha andado? Es una suerte que sus huellas estuviesen claras” “Sólo estuve dando un paseo”. François se sienta y observa fijamente las dunas del final de la llanura. Realmente es cierto que el desierto arrastra a la gente.

A la mañana siguiente nos dicen que el Hakem tampoco ha venido. Recogemos nuestras cosas y nos vamos para nuestro siguiente destino. El Hakem tendrá que enterarse de nuestra llegada por otras vías. Es una pena que a estos sitios el teléfono no haya llegado todavía. Uno se ahorraría muchas esperas inútiles.

Nota:  foto de  http://www.travel-pic.net/photos/africa/mauritania/index.php?fn=duna1el Hakem de Magta-Lahjar