jueves, 8 de octubre de 2009

El dilema del SIDA infantil en África




Esta foto muestra una imagen típica de África, con la que creo que la mayoría de los españoles están familiarizados. No corresponde sin embargo a ninguna hambruna. La causa más probable de la malnutrición severa que padecía el crío (la foto es de hace un par de años) es que debía estar en una fase avanzada de SIDA.

En Europa existen desde hace muchos años los antiretrovirales pediátricos (ARTped). Debido a su altísimo precio (en Europa el coste del tratamiento anual de un paciente ronda los 10.000 €) comenzaron a llegar a África sólo a partir del 2005 gracias a la acción tanto conjunta como individual de varias organizaciones (MSF y la Fundación Clinton entre otras) que negociaron con fabricantes de la India de medicamentos genéricos como Cipla o Ranbaxy (ya que las grandes firmas farmacéuticas no se mostraron interesadas en el asunto) y les convencieron de que si bajaban los precios estimularían la demanda y conseguirían obtener mayores beneficios. Con esos acuerdos encima de la mesa consiguieron convencer también a gobiernos receptores y donadores de que apostasen por la compra de ARTpeds (y ARTs para adultos), y finalmente el precio por paciente y año se situó a menos de 100 € para aquellos países en desarrollo que firmaron convenios con la Fundación Clinton. Organismos como el Global Fund o UNITAID dedican una muy sustanciosa parte de sus presupuestos a la compra de ARTpeds.

Hasta aquí todo muy bonito. Ahora hagamos unos cuantos números de forma muy de andar por casa (un epidemiologista me lo desmontaría en un periquete), tomando por caso Mozambique: 16.5% de prevalencia de HIV/SIDA (2007), habiéndose hecho el estudio con mujeres embarazadas, lo que nos facilita la extrapolación: el 16.5% de niños nacidos en el país en los últimos 4 años lo hizo de madre HIV+, que en números se traduce en 141.240 niños por año (856.000 nacimientos al año, UNICEF 2006). Claro que de este total, sólo – hipotéticamente - en el 30% de los casos se producirá la transmisión de madre a hijo. Como la tasa de cobertura de la prevención de la transmisión del HIV de madre a hijo en Mozambique es del 53%, entonces tenemos que 19.915 niños que naciesen por año necesitarían ARTpeds al haberse infectado al nacer. Los datos no son ninguna coña: entre el 25% al 50% de los niños HIV+ no pasan de los 12 meses de edad, y el 75% no llega a los 5 años. O sea, que en teoría los ARTpeds salvarían un buen número de vidas de críos.

Antes de empezar a preguntarnos a quién le podemos donar 100 euros para salvar a un niño mozambicano del SIDA, hagamos cuentas: el coste aproximado anual en ARTpeds sería de 2 millones de euros para los niños nacidos en el año 1; claro está, habría que incluir el coste de ARTpeds para todos los individuos HIV+ menores de 14 años que estén todavía vivos, que se estimaba en 140.000 en el 2005 (UNICEF). O sea, 14 millones de Euros en ARTpeds para los que estén infectados en un determinado momentos, a sabiendas de que habrá que incrementar en 2 millones cada año para los que nazcan. Eso sólo en medicamentos. Habría que añadir sueldos de médicos (y no olvidemos que a fecha de hoy, apenas hay 700 médicos en todo el país – 20 millones de habitantes, ojo – con lo que tendrían que ser expatriados), enfermeras, agentes de laboratorio, agentes farmacéuticos, costes de transporte y distribución, además de la parte de infraestructuras (ampliación de salas de cuidados post natales y de pediatría, etc.). En cuántas decenas de millones de Euros saldría este programa?

La mortalidad infantil (menores de 1 año) en Mozambique (2006) es de 96 por mil, o sea que 82.176 niños – más o menos – no llegan a cumplir los 12 meses de edad en Mozambique. De éstos como mucho 10.000 se debe al SIDA. Y qué pasa con los otros 72 mil? Pues que se mueren de lo que se suelen morir la mayoría de los niños en los países pobres y africanos: diarreas, infecciones respiratorias y malaria. Lo irónico del asunto es que no se mueren porque los medicamentos para esas infecciones no lleguen al país (que sí que llegan) si no porque no llegan hasta esos niños enfermos a tiempo de salvarles. Detrás de esta afirmación está el panorama de la salud clínica en cualquier país tercermundista: falta de personal sanitario, desmotivación y conocimientos deficientes del que existe, falta de accesibilidad a los centros de salud de la población ... pobreza, en definitiva. Algo que no se
arregla sólo con dar dinero.

Para acabar con este tema, un último dato: los indicadores de salud de Mozambique en el 2007 empeoraron con relación a los años precedentes, como el incremento de la mortalidad materna e infantil. Algunos expertos consideraron que eso se debió al desvío de recursos humanos y materiales que se hizo en el país para satisfacer las demandas de los cada vez más numerosos proyectos de cuidados y tratamientos de VIH/SIDA. 

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Cuando por el desierto corrían las sardinas




Cuando se piensa en el Sahara, las sardinas no forman parte del cuadro imaginado. Y sin embargo, hace unos años, si el conductor de un camión en Mauritania se sentaba a la sombra de una acacia para tomar un tentempié, podías apostar con seguridad que estaba comiendo cacahuetes o sardinas en lata. La historia de cómo esa lata de sardinas llegaba hasta la alforja del beduino camionero no es tan baladí como a primera vista podría parecer.


Llegué a Rabuni a la hora del almuerzo, que suele ser la mejor hora para llegar a cualquier sitio. Me alojaron en Protocolo, la “residencia” donde el POLISARIO acogía a los cooperantes expatriados. En el comedor conocí a Jxxx, que estaba absorto contemplando un plato hondo en el que flotaban un puñado de lentejas a las que aderezaba con unas gotas de vinagre, llena de hilos de puro viejo. Me contó que este menú se repetía para cena y almuerzo desde hacía meses. Ya sea por casualidad o para dar una prueba más de la injusticia que impera en el mundo, un prisionero marroquí que hacía de sirviente salió de la cocina con una fuente con pollos asados y ensalada hacia el despacho del jefe de Protocolo. Quizás como muestra de solidaridad con los cooperantes, él tampoco había cambiado de menú en los últimos meses, aunque a veces le podía la autoindulgencia y lo alternaba con pinchitos de carne de camello.

El compañero de Jxxx entró en la sala y empezó un diálogo entre ambos, al compás de las cucharadas de lentejas: “Qué tal en el almacén? Ya sabemos por fin cuantas latas de sardinas tienen aún?“ ”Me han dicho que el tipo de la llave todavía no ha vuelto de Dakhla, o sea que olvídate del conteo”. “Ya ... al final mandaremos el inventario de la Media Luna Roja Saharaui y listo”. “Y la distribución de este mes?” “Me dijeron los de la MLRS que ya la hicieron la semana pasada y que me darán las hojas con las firmas de los jefes de barrio el jueves”. “Inch Allah ...”

Y así empezó mi interés por las sardinas de los saharauis. Las sardinas saharauis se diferenciaban del resto porque latas de conserva eran de 400 grs. Su destino era complementar las raciones de ayuda humanitaria que se distribuían a los refugiados saharauis para cubrir las necesidades de proteína (junto con los guisantes secos, muy sorrido recurso este último). A esas latas se les pegaba una etiqueta que la denominaba como producto humanitario, con logos de ECHO (Comisión Europea) y de la Cruz Roja y un grueso rótulo indicando que su venta estaba prohibida.

Desde la fábrica de conservas gallega se mandaban en contenedores a Alicante; de ahí cruzaban el Mediterráneo en barco hasta Orán, donde comenzaban un viaje de unos 2,000 kilometros en camión hasta el almacén de la Media Luna Roja Saharaui (MLRS) en Rabuni, en los campos de refugiados. Así hasta hacer un total de 400 toneladas en 6 meses.

A partir de ahí, el periplo de las sardinas tenía dos versiones. Una es más corta; es la que contaba el POLISARIO a través de la MLRS a las ONGs que allí operaban, y éstas a su vez a sus financiadores: las sardinas salían del almacén para ser entregadas a los jefes de barrio, que a su vez las distribuían a las familias. Cada persona recibía una lata por mes. Fin de la historia. Claro que ésta versión tenía un pequeño problema: una vez descargadas las sardinas, los trabajadores de las ONGs no volvían a verlas más: el personal de las agencias humanitarias sólo podía ir a los almacenes cuando la MLRS se lo permitía, que eran pocas las veces. Tampoco podian supervisar de forma regular las distribuciones. Esta versión se mantenía con los manifiestos de entrega, hojas de distribuciones firmadas - que a regañadientes aceptaban los financiadores - pero no con los testimonios de los cooperantes expatriados.

En la otra versión el viaje de las sardinas no se detenía en Tindouf. Desde los almacenes de la MLRS volvían a ser cargadas en camiones rumbo a Bir Mogrein. Éste es un pueblo en el noroeste de Mauritania que a finales de los 90 se convertió en una especie Mercabarna de los productos de ayuda humanitaria más valiosos, como la leche en polvo y las sardinas en lata. Hasta aquí llegaban los comerciantes de Nouakchott, que se llevaban a las sardinas hasta la capital de Mauritania, y desde ahí, a las cuatro esquinas de este vasto país. De esta versión no hay documentos, pero sí testigos que se encontraron con las famosas latas en tiendas y mercadillos de medio país o aún en el mercado de mayoristas de Nouakchott, apiladas en decenas de cajas con su fleje original y sus logos a la puerta de cada tienda, extendiéndose a lo largo de toda la calle. Un cardumen de proteínicas sardinas humanitarias destinadas al pueblo saharaui y que hacían furor entre el gremio de camioneros mauritanos.


Nota: foto bajada de http://www.terra.es/personal/adcl33/fotos2/argelia%20tindouf/Foto_1.html

lunes, 8 de junio de 2009

África perrofláutica


Sabe usted lo que es un perroflauta? A lo mejor usted mismo lo es y no lo sabe todavía. En este website encontrara algunas ideas para reflexionar sobre el tema y así yo me ahorro explicaciones.

 A África nos llegan perroflautas de diverso pelaje, pero las especies más abundantes son el buhonero y el cooperante. El buhonero compra una furgoneta de 2a mano (o simplemente barata, el numero de la mano poco importa), se va con ella hasta algún país africano que le quede cerquita, se hincha a comprar baratijas (batiks, telas, tamborcitos, etc), vende la fregoneta y se vuelve a su casa en avión. África gana una chatarra más, a España le llegan más mercachifladas para hacer regalos exóticos y el fulano en cuestión se gana la vida, hace turismo y se saca alguna historia para contar a sus amigos. Todo muy solidario.

El perrofláutico cooperante está en un nivel superior. Ha estudiado en la universidad y probablemente haya hecho un master de cooperación. Este background le permite aportar a África un profundo conocimiento sobre las cuatro reglas (y si no, para algo esta la calculadora del móvil) y unas sólidas bases de teoría perrofláutica, a saber: la culpa de todo lo tienen los Americanos y Occidente por ser neocolonialistas, imponer el ajuste estructural, robar recursos naturales, cerrar fronteras y no ser solidarios y enrollados. En el mejor de los casos África gana una escuela o un par de pozos más, el Estado español habrá ejecutado una fracción de un exiguo presupuesto ministerial y el fulano en cuestión se gana la vida, hace turismo y hasta se puede traer a su novia africana para ilustrar mejor las historias que cuenta a sus amigos. También super solidario.

Nota: La foto no es mía. La saque de http://www.mundocooperante.org/ No se pierdan la sección de filmografía "solidaria" recomendada.

viernes, 23 de enero de 2009

El exotismo


“Me gustaría invitarle a cenar en mi casa esta noche, si no tiene ningún inconveniente. Mi señora está en Kiffa, preparándose para dar a luz en casa de su madre, pero cerca de casa hay con un restaurante marroquí que prepara un pollo delicioso…”. 48 horas en Nouakchott, las llamadas a España cuestan un potosí, más solo que la una y la única persona que conozco, Radhy, de maneras exquisitas y siempre vestido con una especie de túnica que recordaba un paracaídas fláccido (darráh se llama), me invita a cenar a su casa. Fantástica mezcla de exotismo y desesperación. “¿A qué hora?”

Si hay algo que desde luego nunca es exótico son los barrios de chabolas, por muy lejos que nos vayamos para verlos. El de Radhy era uno de los menos exóticos que se me podrían ocurrir, pese a los continuos paseos de pequeños grupos de cabras. “¿Nadie las roba?” “No, durante la noche se guardan en casa, y durante el día es complicado… los árabes nos pasamos el tiempo espiándonos los unos a los otros”.

Nos sentamos en el patio, sobre una plataforma de madera que se eleva unos cuantos centímetros del suelo, cubierta con una alfombra. Radhy sintoniza el televisor, conectado a una batería de camión. Da una voz y aparece un chico de unos 20 años, “mi hermano pequeño”, con una bandeja y el material del té listo. Un par de tíos, supongo que amigos de RXXX saludan y se sientan al lado, conversando con su anfitrión. Tras la preparación de rigor, el hermano aparece con una jofaina metálica y nos lavamos las manos. La comida, pollo con una salsa suave de especias desconocidas y varias barras de pan, se realiza en silencio. El hermano pequeño no participa. “Lo siento, pero no tengo cubiertos. De todas maneras, tiene que empezar a acostumbrarse a comer con las manos”. Me muero de sed, debemos estar a unos 25 o 30 ºC, aunque ya es bien de noche. Me bebo la cocacola que me han traído y pido un vaso de agua. Me traen una jarra de plástico de llena. “¿No tiene sed?” “El agua disminuye el apetito, preferimos beber cuando acabamos de comer”. El olor de excremento de cabra, que alcanza suavemente cada rincón, se mezcla con el del pollo. No resulta desagradable. Si viviera aquí hasta podría acostumbrarme y llegar a echarlo de menos el día que me mudase a una zona más rica. Un bebé llora en la chabola de al lado. La luna está llena, amarilla e inmensa, los cráteres se perfilan con nitidez. Me recuesto, apoyo la cabeza contra una pequeña almohada. RXXX y sus amigos están muy interesados en un serial egipcio sobre la vida de las tribus árabes en los tiempos de Mahoma. La indumentaria de los actores es similar a las de las fiestas de moros y cristianos. Por fin me siento seguro y acompañado (aunque la conversación sea escasa). Me empiezo a adormecer, me despiertan suavemente y me llevan de regreso al hotel.

Nota: imagen descargada de cosmopolite-travel.com

jueves, 22 de enero de 2009

Maria Moffat y el eterno ciclo


En 1862 Maria Moffat decidió abandonar su hogar en Inglaterra y unirse a su esposo, el célebre Dr. Livingston, en sus descubiertas africanas. Una vez llegada a las costas de lo que hoy es Mozambique, remontó el Zambeze en un pequeño vapor que Livingston había enviado para recogerla. No llego a producirse el reencuentro: el agotamiento y la malaria acabaron con la pobre señora, y desde el 27 de abril de ese mismo año sus restos reposan en el cementerio de la hoy misión católica de Chupanga, situada en un pequeño alto, muy cerca de un bosque de bambúes próximo del río que tanto fascinó a su marido.

Son frecuentes los años en que durante al menos un mes los alrededores de la misión se llenan con familias que acampan con sus escasos enseres. Por supuesto no vienen a rendir tributo a la esforzada mujer del explorador y misionero, que se la debe traer al pairo, si no que se refugian de las anuales crecidas del Zambeze a la espera del circo humanitario y de la comida, las mantas, mosquiteras y bidones de plástico que las organizaciones de emergencia acostumbran a distribuir. Imagino que de poder seguir
observando desde su tumba, la Sra. Moffat se preguntaría como pese a los años transcurridos y la cantidad de blancos que por ahí pasan en helicóptero y 4x4, los indígenas siguen cumpliendo con su ciclo de vida nómada, ora en las márgenes del río, ora en los altos del valle, tal y como los portugueses documentaban en el siglo XV. Sólo que entonces no existían los fondos para ayuda de emergencia.