viernes, 23 de enero de 2009

El exotismo


“Me gustaría invitarle a cenar en mi casa esta noche, si no tiene ningún inconveniente. Mi señora está en Kiffa, preparándose para dar a luz en casa de su madre, pero cerca de casa hay con un restaurante marroquí que prepara un pollo delicioso…”. 48 horas en Nouakchott, las llamadas a España cuestan un potosí, más solo que la una y la única persona que conozco, Radhy, de maneras exquisitas y siempre vestido con una especie de túnica que recordaba un paracaídas fláccido (darráh se llama), me invita a cenar a su casa. Fantástica mezcla de exotismo y desesperación. “¿A qué hora?”

Si hay algo que desde luego nunca es exótico son los barrios de chabolas, por muy lejos que nos vayamos para verlos. El de Radhy era uno de los menos exóticos que se me podrían ocurrir, pese a los continuos paseos de pequeños grupos de cabras. “¿Nadie las roba?” “No, durante la noche se guardan en casa, y durante el día es complicado… los árabes nos pasamos el tiempo espiándonos los unos a los otros”.

Nos sentamos en el patio, sobre una plataforma de madera que se eleva unos cuantos centímetros del suelo, cubierta con una alfombra. Radhy sintoniza el televisor, conectado a una batería de camión. Da una voz y aparece un chico de unos 20 años, “mi hermano pequeño”, con una bandeja y el material del té listo. Un par de tíos, supongo que amigos de RXXX saludan y se sientan al lado, conversando con su anfitrión. Tras la preparación de rigor, el hermano aparece con una jofaina metálica y nos lavamos las manos. La comida, pollo con una salsa suave de especias desconocidas y varias barras de pan, se realiza en silencio. El hermano pequeño no participa. “Lo siento, pero no tengo cubiertos. De todas maneras, tiene que empezar a acostumbrarse a comer con las manos”. Me muero de sed, debemos estar a unos 25 o 30 ºC, aunque ya es bien de noche. Me bebo la cocacola que me han traído y pido un vaso de agua. Me traen una jarra de plástico de llena. “¿No tiene sed?” “El agua disminuye el apetito, preferimos beber cuando acabamos de comer”. El olor de excremento de cabra, que alcanza suavemente cada rincón, se mezcla con el del pollo. No resulta desagradable. Si viviera aquí hasta podría acostumbrarme y llegar a echarlo de menos el día que me mudase a una zona más rica. Un bebé llora en la chabola de al lado. La luna está llena, amarilla e inmensa, los cráteres se perfilan con nitidez. Me recuesto, apoyo la cabeza contra una pequeña almohada. RXXX y sus amigos están muy interesados en un serial egipcio sobre la vida de las tribus árabes en los tiempos de Mahoma. La indumentaria de los actores es similar a las de las fiestas de moros y cristianos. Por fin me siento seguro y acompañado (aunque la conversación sea escasa). Me empiezo a adormecer, me despiertan suavemente y me llevan de regreso al hotel.

Nota: imagen descargada de cosmopolite-travel.com

jueves, 22 de enero de 2009

Maria Moffat y el eterno ciclo


En 1862 Maria Moffat decidió abandonar su hogar en Inglaterra y unirse a su esposo, el célebre Dr. Livingston, en sus descubiertas africanas. Una vez llegada a las costas de lo que hoy es Mozambique, remontó el Zambeze en un pequeño vapor que Livingston había enviado para recogerla. No llego a producirse el reencuentro: el agotamiento y la malaria acabaron con la pobre señora, y desde el 27 de abril de ese mismo año sus restos reposan en el cementerio de la hoy misión católica de Chupanga, situada en un pequeño alto, muy cerca de un bosque de bambúes próximo del río que tanto fascinó a su marido.

Son frecuentes los años en que durante al menos un mes los alrededores de la misión se llenan con familias que acampan con sus escasos enseres. Por supuesto no vienen a rendir tributo a la esforzada mujer del explorador y misionero, que se la debe traer al pairo, si no que se refugian de las anuales crecidas del Zambeze a la espera del circo humanitario y de la comida, las mantas, mosquiteras y bidones de plástico que las organizaciones de emergencia acostumbran a distribuir. Imagino que de poder seguir
observando desde su tumba, la Sra. Moffat se preguntaría como pese a los años transcurridos y la cantidad de blancos que por ahí pasan en helicóptero y 4x4, los indígenas siguen cumpliendo con su ciclo de vida nómada, ora en las márgenes del río, ora en los altos del valle, tal y como los portugueses documentaban en el siglo XV. Sólo que entonces no existían los fondos para ayuda de emergencia.