jueves, 22 de enero de 2009

Maria Moffat y el eterno ciclo


En 1862 Maria Moffat decidió abandonar su hogar en Inglaterra y unirse a su esposo, el célebre Dr. Livingston, en sus descubiertas africanas. Una vez llegada a las costas de lo que hoy es Mozambique, remontó el Zambeze en un pequeño vapor que Livingston había enviado para recogerla. No llego a producirse el reencuentro: el agotamiento y la malaria acabaron con la pobre señora, y desde el 27 de abril de ese mismo año sus restos reposan en el cementerio de la hoy misión católica de Chupanga, situada en un pequeño alto, muy cerca de un bosque de bambúes próximo del río que tanto fascinó a su marido.

Son frecuentes los años en que durante al menos un mes los alrededores de la misión se llenan con familias que acampan con sus escasos enseres. Por supuesto no vienen a rendir tributo a la esforzada mujer del explorador y misionero, que se la debe traer al pairo, si no que se refugian de las anuales crecidas del Zambeze a la espera del circo humanitario y de la comida, las mantas, mosquiteras y bidones de plástico que las organizaciones de emergencia acostumbran a distribuir. Imagino que de poder seguir
observando desde su tumba, la Sra. Moffat se preguntaría como pese a los años transcurridos y la cantidad de blancos que por ahí pasan en helicóptero y 4x4, los indígenas siguen cumpliendo con su ciclo de vida nómada, ora en las márgenes del río, ora en los altos del valle, tal y como los portugueses documentaban en el siglo XV. Sólo que entonces no existían los fondos para ayuda de emergencia.

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